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6 de octubre de 2017
Mendaur Berria, rebeldía y renovación del pintxo en San Sebastián
Los pintxos son la bandera gastronómica de San Sebastián. La gran promoción realizada durante muchos años hace que nadie que visite la ciudad le pilla de sorpresa esas barras cuidadosamente preparadas con sus deliciosos y relucientes bocados listos para ser degustados. Esto no significa que, si se dispone de oportunidad, se desdeñen otras opciones, siempre en la medida de las posibilidades de cada persona, pues en los alrededores de San Sebastián, o más bien en toda la provincia de Guipúzcoa, abundan como en pocas zonas de España restaurantes de altísima categoría.
Pero volvamos a los pintxos y a su zona 0: la Parte Vieja. Aquí conviene apuntar que es tal la cultura del pintxo en San Sebastián que en todos sus barrios encontraremos buenos establecimientos pero es innegable que es en el centro donde se sitúa la oferta más abundante.
Siempre que comente en público que vas a San Sebastián habrá quien se ofrezca a hacerle una ruta de pintxos. Compruébelo. Todo el mundo conoce La Cuchara de San Telmo (Calle 31 de Agosto, 28), Atari (Calle Mayor, 18) o Gandarias (Calle 31 de Agosto, 23), entre otros, y con toda su buena intención le indicarán que allí no se falla, y es verdad, pero después de varios paseos por la Parte Vieja a uno le invade la sensación de que todo se parece bastante. ¿Esto es malo? No, el modelo funciona: los turistas comen, alucinan, pagan, vuelven a casa y lo cuentan, lo cual genera futuras visitas. A los que volvemos nos queda repetir en los clásicos o acercarnos a lo nuevo. Grandes referencias nos llegaron de Mendaur Berria (Calle Fermín Calbetón, 8), decidimos darle una oportunidad y tenemos claro que es un lugar al que no nos va a dar pereza regresar.
De una tarde-noche en Mendaur Berria podemos decir que no tiene nada que ver con los bares-restaurantes que le rodean, aunque a primera vista lo parezca. La barra de pintxos fríos luce apetecible como tantas otras. Con hambre podría coger unos cuantos, comer o cenar perfectamente e incluso ahorrar algo respecto a la competencia, pero estamos seguros de que disfrutará mucho más si se olvida de lo que entra por el ojo y tira por lo que saldrá de la cocina.
Si algo nos gustó de la primera toma de contacto fue la cercanía con el cliente. Que fuera primera hora ayudó, pues estaba la cosa tranquila, pero cuando se comenzaron a llenar las mesas la atención siguió siendo exquisita. Un grupo de australianos, otro de franceses… y nosotros, como siempre, dejándonos liar. Ricardo, uno de los socios del negocio, nos aconsejó arrancar con el cangrejo thai acompañado con salsa de maracuyá, un plato que deja boquiabiertos a muchos clientes: “¿Y esto cómo se come? ¿Sin pelar?”. Espectacular (y original) pintxo recién hecho por el precio de uno frío en los lugares emblemáticos del centro de Donosti. Qué descubrimiento. La cosa prometía.
Antes del cangrejo, por matar la (breve) espera, Ricardo nos ofreció una de sus joyas: una monumental sardina marinada acompañada con una vinagreta de mango sobre tosta caliente. Para terminar con las existencias. Las gildas y anchoas y salmón en salazón completan un rincón al final de la barra exquisito.
El pintxo de huevo trufado fue la siguiente especialidad en llegar a la mesa, y qué decir… sabor hondo, con poso, que acompañado por una copa de Rioja provoca la conjunción perfecta. Antes, con el cangrejo y la sardina habíamos disfrutado de un extraordinario txacolí. Y sin abandonar la trufa, el arroz trufado con foie. Un doblete cumbre:
¿Qué es lo más pedido? Una pregunta adecuada cuando es complicada la elección. En Mendaur ese honor es para el tacotalo de calamar y kimchi. Por presentación y sabor es perfectamente entendible su éxito, ideal para niños y adultos con pocas ganas de experimentos. A nosotros, ya saben, nos gustan los líos.
El taco de txuleta es otra de las opciones, digamos, clásicas de la carta de este restaurante. Obviamente, de una cocina tan inquieta el corte de carne por excelencia del País Vasco no iba a salir solo. “Estuvimos semanas hasta conseguir este sabor”, recuerda Ricardo cuchara en mano mientras nos da a probar una exquisita crema de pimientos. En ese plural incluye a Javier, el ‘capo’ ante los fogones, una mente inquieta en constante búsqueda de nuevos sabores.
Mendaur ofrece además varios de sus pintxos en un formato ración más grande, ideal para compartir. En su carta no falta el jamón ibérico y productos de la tierra como el queso de idiazábal, las piparras o las ostras.
Y para rematar, también hay café y dulces. Disfrutamos de la esfera helada con espuma de ron y compota de manzana y mango especiada y el formidable homenaje a la sidrería, en el que se funden de una manera muy especial los clásicos del postre que se suele tomar en estos espacios gastronómicos con tanto arraigo en el País Vasco: nueces (crumble), membrillo (coulis), queso (espuma) y pacharán (gominolas).
-MENDAUR BERRIA
-Calle Fermín Calbetón, 8, SAN SEBASTIAN
-Ticket medio: 20 e (según los pinchos)
5 de julio de 2017
Regreso a Lakasa, el reino de Cesar Martín...
Conocimos Lakasa de César Martín hace más de tres años. En ese momento el Madrid gastronómico hablaba del ascenso de este joven cocinero, fogueado en importantes cocinas de la capital y capaz de crear un espacio distinto, reconocible y, por qué no decirlo, en el que daba gusto estar.
El traslado desde Raimundo Fernández Villaverde, 26 a la Plaza del Conquistador Diego de Ordás, 1 (a la altura de Santa Engracia, 120) fue la consecuencia lógica del gran trabajo bien hecho. La nueva ubicación, junto a Ponzano, una de las zonas de moda de Madrid, supuso un reto para César Martín y su equipo. Crecer conlleva riesgos pero hacerlo con un bagaje y el sello de calidad obtenido por el primer Lakasa facilitó el salto. A punto de comenzar el verano, con toda la tarde por delante sin prisa ninguna y todas las ganas del mundo de disfrutar nos acomodamos en la terraza. Esto es lo que sucedió:
Un vistazo a la carta confirma que nada ha cambiado. Corta, con cuatro platos fuera de carta –con precio, algo muy importante- y, excepto el arroz con codorniz, disponible en medias raciones. Se hace complicado no pedir todo.
César aporta mesura, saca el lápiz y nos ofrece arrancar con media de uno de sus fuera de carta: salmorejo con langostinos. Decimos sí a esto y a todo lo demás, claro.
Rico rico el salmorejo, bien fuerte y de extrema cremosidad. Nos habían dividido la media en dos cuenquitos y poco nos faltó para rebañar con el dedo.
Continuamos con el fiambre de callos, otro acierto seguro para abrir boca, que fue acompañado por una copa de manzanilla de Sanlúcar. Mientras la disfrutábamos nos decidimos por el tinto que regaría el resto de la comida: un D.O Gredos de uva garnacha de nombre Eloane.
Sin saberlo, elegimos una referencia muy especial para César Marín, ya que lleva el nombre de su hija. Gran casualidad teniendo en cuenta la importante oferta de vinos de la que dispone el restaurante. Mucho, muy bueno y con precios para todos los bolsillos.
El primer trago de vino coincidió con la llegada de la monumental merluza que se prepara en la cocina de Lakasa. El aroma a brasa se percibió antes de ser colocada sobre la mesa. Acompañada de tomate asado y jugo de ajo, nos dejó maravillados.
Y si la merluza disparó el nivel de la comida, lo que vino después lo mantuvo en lo más alto. Primero, las ya clásicas manitas rellenas de rabo de toro, un plato redondo, con personalidad. Espectacular.
Y segundo, la única ración que sabíamos de antemano que pediríamos: las patatas revolconas según la versión de Adolfo, el jefe de cocina de la casa, natural de Barco de Ávila, donde se han comido desde tiempo inmemorial. Como ya he escrito más de una vez, lo mejor que se puede decir sobre un plato es que está tan bueno como el que se hace en mi casa. Este verano habrá que aparcar torreznos, pulpo y guindillas y probar este acompañamiento: mollejas de ternera, papada y setas.
Embalados como estábamos y finalizado el vino, no hubo más remedio que volver a pedir la carta de vinos para buscar el perfecto compañero para el postre, en este caso un moscatel de la Marina. Fresquito fresquito, acompañó a la imprescindible tabla de quesos franceses y a un buen flan de leche de oveja, dos postres ideales con los que redondear un mediodía insuperable.
-LAKASA
-Ticket medio: 40/50 euros
-Plaza del Descubridor Diego de Ordás, 1, Madrid
27 de abril de 2017
Arroz de la bahía Madrid...
Entrar a un restaurante vacío produce una sensación nefasta. “¿Vamos a comer aquí que no hay nadie? Vamos a mirar el siguiente…”. Con estas u otras palabras, seguro que han vivido una situación parecida. Dudo que, de no haber ido a conciencia, hubiera cenado en Arroz de la Bahía (Calle de Zorrilla, 11) pero es de justicia explicar el motivo de tan desangelado aspecto a las 9 de la noche de un miércoles cualquiera de marzo: en este restaurante, como en todos los de la zona, la mayoría de las cosas pasan por el día.
La fachada de Arroz de la Bahía está justo enfrente de la entrada posterior del Congreso de los Diputados. A su lado, uno de los clásicos más en forma de Madrid, La Ancha, o el vegetariano Al Natural. Si ampliamos un poco más el radio de acción la oferta se dispara. El Parlamento es como un “polígono logísitico” situado en el centro de la ciudad en el que cada día entran y salen cientos de personas entre diputados, ujieres, periodistas, policías… Y esta gente, claro, tiene que comer.
Demetrio Fenech -o Deme, como se le conoce en la profesión- es uno de los socios del Arroz de la Bahía y anfitrión de sus, hasta el momento, únicos clientes de la noche. Una pareja de turistas sudamericanos nos dejarán sin poder decir que tuvimos un restaurante para nosotros solos. Lejos de estar agobiado por la escasa caja que hará en este servicio, recibe relajado y sonriente. Los sudores se quedaron en la hora punta de las 3 de la tarde, cuando se cruzan los que terminan y los que quieren empezar a comer. La mayoría, con prisas.
Perfectamente podría vivir dando comidas pero es de ese tipo de restaurador que disfruta con su trabajo y lo demuestra en todo momento. “Somos el primer restaurante de la zona en abrir. A las 7:30 ya estamos dando desayunos, y así durante toda la mañana, hasta que empiezan a venir los primeros turistas a comer”. Trabajarse a los touroperadores –prepara una carta en cuatro idiomas-amplía el espectro de negocio de Fenech y le permite hacer prácticamente tres turnos de comida. Normal que no le importe estar tranquilo a la noche.
Las referencias que teníamos de Arroz de la Bahía hablaban de un correcto menú del día –Deme nos informó de que además ofrece un menú express por 6 euros- y de un arroz caldoso con bogavante de categoría. Lo teníamos claro pero aun así consultamos. El que más sabe de su cocina también lo tenía. Marchando un arroz con bogavante.
De entrante, puestos a no cargarnos demasiado antes de un plato tan contundente, optamos por una parrillada de verduras. Tomate, calabacín, berenjena, pimiento y varias setas de temporada, acompañado por un alioli no excesivamente picante. En su punto, a un precio acorde con la ración.
Viene el arroz silbando y humeante, recién sacado del fuego. La cazuela da para mucho más que dos raciones generosas. A mí, que la comida caliente me gusta muy caliente, soy de echarme varios poquitos en vez de rebosar el plato. Un guiso, cualquier olla o un arroz no se puede comer frío, ni siquiera templado.
Un bogavante partido en dos mitades y separadas las tenazas asoma entre el caldo y el arroz. Perfecto el punto, hace sencillo el a veces engorroso proceso de llevarse a la boca las piezas de marisco. El cuerpo del bogavante sale solo y las tenazas cedieron sin caer una gota sobre la ropa. Todo un éxito, no me negarán.
Deme preparó para llevar el arroz que sobró y nos sirvió una selección de tartas realizadas en la cocina del restaurante. Sobresaliente la de zanahoria, esponjosa y más ligera de lo que suele ser habitual.
Al café, con la pareja de turistas alucinando con el arroz con mariscos, y el cocinero rumbo a casa, el dueño de Arroz de la Bahía nos desveló alguno de los pequeños secretos que le permiten marcar la diferencia, como el arrozal valenciano del que procede la materia prima clave de la casa. Otro, su mano repostera, que guía al personal de cocina en los postres. Quedamos pendientes de regresar y seguir probando sus dulces. En el arroz, sin embargo, tenemos claro que repetiremos.
RECOMENDACIÓN: pidan un jarrón de cerveza. Sí, como leen. El barro con el que está hecho el recipiente mantendrá el frío durante muchísimo tiempo, algo idóneo en esta primavera que se nos viene encima.
-ARROZ DE LA BAHÍA
-Ticket medio: 25/35 euros
- Calle de Zorrilla, 11, Madrid
-ARROZ DE LA BAHÍA
-Ticket medio: 25/35 euros
- Calle de Zorrilla, 11, Madrid
29 de marzo de 2017
Casa Pedro. El talento de los hermanos Carcas.
Visita a Zaragoza. No demasiadas horas pero sí las suficientes para dar una vuelta por el centro, picar algo y comer con tranquilidad. Apenas hubo lugar a la improvisación, llevábamos la ruta bastante clara: la vuelta, por la plaza del Pilar; el picoteo, en El Tubo; y la comida, en Casa Pedro.
Es parada obligada para los que nos gustan las croquetas, que creo que somos todos, La Ternasca (calle Estebánez, 9). Cinco variedades, todas con la ternasco de Aragón como base, a cual más apetecible. Picadillo con queso de cabra, longaniza con cabrales, de madeja y trufa... esta última la más contundente y sólo apta para amantes de la casquería.
Segunda estación: Doña Casta. Repetimos vinos y pincho. Esta vez merece mención la croqueta de gallina y chocolate. Correctas, y convertidas en clásicas por la gran cantidad de barras donde se ofertan, las de boletus y foie y las de rabo de toro.
Teníamos el tiempo justo para otro pincho antes de ir a comer cuando nuestro cicerone maño preguntó: “¿Os habéis comido alguna vez un guardia civil?”. Nunca, gracias a Dios. Pues este iba a ser el día. Caminamos hasta El Lince (Plaza de Santa Marta s/n) para degustar una de las tapas más famosas de la ciudad. El guardia civil es un montado “sardina rancia marinada” (como se lee en el cartel del local) acompañada por una rodaja de tomate, pimiento y pepinillo. Ofrecen versión no picante pero, obviamente, optamos por la sardina brava y dimos por bueno el paseo.
“Estamos un poco escondidos”, admitieron después de la comida los hermanos Carcas cuando les preguntamos por la ubicación de su restaurante, Casa Pedro (Calle Cadena, 6), cerca del bullicioso Tubo y de la Basílica del Pilar pero fuera del círculo habitual del tapeo zaragozano. Eso no les impide colgar el ‘No hay billetes’ en un lunes festivo en la ciudad. Su fórmula es dejar satisfecho al cliente y en esperar a que lo cuenten. Y que vuelvan.
En Casa Pedro se puede comer a la carta en alguno de sus pequeños salones o de pinchos en la barra. Diferencian, plantean dos conceptos al gusto del comensal y además ofrecen un menú degustación por 40 euros (bebidas aparte). Tentados estuvimos pero finalmente decidimos pedir a la carta:
Arrancamos con un extraordinario tataki sobre una base de algas y ajoblanco de manzana. Fino e impecablemente presentado, algo que se repitió durante toda la comida.
De ponerse de pie las dos tostas incluidas en la carta. Sardina ahumada con crema de queso, aceituna negra y compota de tomate, una, y anguila ahumada, crema de foie y manzana caramelizada la otra. Los canelones son uno de los platos esenciales de Casa Pedro. Elaborados con pintada, trompeta negra y salsa de boletus, merecen su fama y pedir dos raciones, como hicimos nosotros.
Antes de los principales otra sorpresa. La tortilla con chipirones y su tinta. Muy jugosa, con el punto salado y marino de la tinta. Una muestra de esa vena tradicional que quiere mantener esta casa.
Pescado y carne para finalizar. Merluza asada con un pil pil arrebatador y camarones, bautizada por mi amigo Juan Diego Madueño al ver la foto en Instagram como “la procesión de la gamba” (no me negaran que no es acertada la comparación), y entrecot fileteado ‘estropeado’ al ser pedido al punto para satisfacer a todos los comensales.
Casa Pedro ofrecía durante nuestra visita a su ya de por sí apetitosa carta de postres una propuesta muy especial. Coincidiendo con la emisión de Top Chef, 23 establecimientos de varias partes de España fueron escogidos para preparar y servir la creación del jurado del programa: Alberto Chicote, Paco Roncero y Susi Díaz. Había que pedirlo, ¿no?
El ‘capricho de Top Chef’ es un financier de frambuesas acompañado de yogur de azahar y naranja y bañado con un chocolate picante, crema de fruta de la pasión y todo ello cocinado con aceite de oliva virgen extra. El restaurante lo acompaña con una copita de moscatel. Pedimos además el tiramisú y la torrija. Lío gordo en el sprint final.
Elegimos para acompañar la comida un vino de la tierra, Garnacha centenaria, bastante mejor sin duda alguna que los ‘riojas’ y ‘riberas’ que tomamos durante la ruta de pinchos previa. Muy amena la charla con los hermanos Carcas durante los cafés (rico rico también). Tienen los pies en la tierra pero no renuncian a todo lo que les puede venir. Quizá tardemos en volver a Zaragoza pero seguro que Casa Pedro volverá a ser nuestro restaurante.
-CASA PEDRO.
-Ticket medio: 35/40 euros
-CASA PEDRO.
-Ticket medio: 35/40 euros
6 de febrero de 2017
Ribera Navarra, un cocido sorpresa..
La Escalera de San Fermín es la excusa de los devotos de la fiesta española más conocida en el resto del mundo para reunirse e ir calentando el ambiente los meses previos al esperado siete de julio. Consiste en juntarse en torno a una mesa los días que “manda” la canción (“Uno de enero, dos de febrero…”) y en la medida de las posibilidades alargar la cosa con pacharanes y cánticos populares.
Cebolla, guindillas y tomate acompañaron la llegada de la bandeja con repollo, zanahoria, patata y el relleno. En su punto el repollo, algo más flojo lo demás, sobre todo el relleno, quizá porque en mi casa se ha comido siempre el mejor del mundo.
-RIBERA NAVARRA.
Se trata de completar los siete peldaños de la escalera pero debido a trabajo, hijos u otros condicionantes es complicado que así sea, por eso cuando los astros permiten que una cuadrilla se junte casi al completo hay que celebrarlo. Y así fue el último dos de febrero, cuando un grupo de sanfermineros madrileños celebramos que ya sólo faltaban cinco meses y cuatro días para el Chupinazo en el restaurante Ribera Navarra (Calle Málaga, 3 Madrid).
En la carta de este establecimiento confluyen los elementos básicos de la cocina navarra, entre los que destacan numerosas opciones verdes, pero si por algo va cogiendo fama es por su cocido madrileño. Esto sorprende y pica la curiosidad. La lluvia y las nubes en el exterior hacen el resto. Cocido para todos.
La extraordinaria sopa del primer vuelco y el descorche de una botella magnum de Príncipe de Viana nos hizo entrar en calor definitivamente. Reducida pero bien seleccionada la bodega y buena idea ofrecer botellas de litro y medio a grupos grandes, algo que debería convertirse en habitual en todos los restaurantes.
Los garbanzos y la carne terminaron de montar un festín en el que cada uno elige y mezcla según sus gustos. No hay dos personas que coman el cocido igual. Me parece un acierto que después de la sopa se ponga el resto de vuelcos sobre la mesa a la vez y que cada palo aguante su vela.
Grandísimo cocido el de Ribera Navarra, en definitiva, y digna de mención la honestidad del mesonero ante nuestra ambición de añadir entrantes: “Si vais a comer cocido no pidáis nada más”. Aun así, y tristemente, sobró bastante. De postre, tarta de queso y leche frita. Casero, casero. Gran colofón a una primera visita que merecerá más.
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| Detalle de tarta con bocado. Las prisas de alguno... |
- Calle Málaga, 3, Madrid
-Cocido completo: 22 Euros.
18 de enero de 2017
Valhalla Experience
Si hay un
plan habitual y socorrido para un residente en Madrid es “subir a comer a la
Sierra”. Levantarse no muy tarde, coger el coche, ruta por el monte los más
deportistas, visita al Monasterio de El Escorial otros, o simplemente un paseo
por cualquiera de los pueblos serranos, aperitivo y a comer.
La oferta
gastronómica en lugares como Guadarrama, Navacerrada o Miraflores es abundante
pero suele seguir una línea tradicional castellana: cuchara, guisos, verduras
de la tierra, asados y carne a la brasa. Riquísimo todo pero desconectado de la
constante evolución de la cocina.
Sin embargo,
en los últimos tiempos el cambio ha llegado también a la Sierra. Los estrella
Michelin Montia y El Invernadero de Rodrigo de la Calle (Collado Mediano), La Sopa
Boba (Alpedrete) o Torreblanca (Guadarrama) son ejemplo de ello. Conocido y
disfrutado Montia, nos llegó el soplo de un restaurante de ese “rollo” ubicado
muy cerca de allí, en el vecino municipio de El Escorial. Se llama Valhalla
Experience y nos encantó.
Con una web
a medio hacer, unas redes sociales no demasiado activas y capacidad para 18
comensales, Valhalla crece con el boca a boca. Así nos llegó a nosotros y con
este post continuamos la cadena. Los fieles de El Triclinium disfrutarán aquí,
estamos seguros.
La forma en
que trabaja Valhalla genera en el cliente una expectación. Llamas, te apuntan
el día que quieres ir y si tienen un par de mesas reservadas, abren. La noche
del 22 de diciembre nos juntamos 11 personas en cuatro mesas. Fuimos entrando
cada 10 minutos aproximadamente, también estrategia de la casa para llevar un
orden, algo fundamental cuando de la sala se encarga una persona, ayudada eso
sí en momentos puntuales por el chef y jefe del restaurante, Héctor Checa.
El cocinero
te recibe con un apretón de mano y un vaso de sidra y durante la cena se
encarga de que te enteres no sólo de lo que comes sino también de cómo ha
elaborado los platos.
Un vasito
con encurtidos te espera en la mesa y un sensacional bloody mary sigue al trago
de sidra inicial. Antes, te preguntarán qué menú quieres degustar. Corto (7
platos), intermedio (11) y largo (13). Descartado el corto, optamos por el
medio con posibilidad de decidir al final si queremos culminar con los dos
platos que lo convierten en largo: callos y degustación de quesos.
A partir de aquí sólo mostramos fotos de los platos y breves
apuntes sobre ellos. Por una vez nos resistiremos a desmenuzar cada propuesta,
y no por falta de ganas sino por petición de Héctor, que quiere que todos
aquellos que visitan su casa experimenten la sorpresa que tuvimos la fortuna de
sentir nosotros. Experiencia Valhalla.
-Croqueta ‘entarrada’. Fina fina, y sin el plus calórico de
la sartén.
-Dos tipos de papa arrugá francesa (ratte y violeta) con dos
salsas (alioli con ajo negro y pesto con anchoas) muy sabrosas pero que no
levantan un plato que nos dejó algo fríos, y más con el alto nivel que alcanzan
los platos que estaban por venir.
-Combo de verduras y salsifí. En la mesa de al lado vimos a
un niño de unos cinco años rebañar el cuenquito. Así preparadas las verduras
son menos verduras.
-Bao en formato dim sum. Por dentro, pato laqueado y un
aderezo que tú mismo insertarás. Por arriba, decorando y dando aún más sabor,
carambola. Hacía mucho que no la comía y su frescura combina genial con este
tipo de platos.
-Coca de sardina. Este tipo de platos marinados son una de
mis debilidades y de las sardinas de Valhalla habría comido una docena.
-Pulpo con sorprendente acompañamiento.
-Momento ceviche, terminado de preparar en la mesa. Avisa si
lo quieres suave… Yo lo quiero siempre fuerte y no salí defraudado.
-Salmonete como no lo habrás comido nunca. La explicación de
Héctor aúna técnica y pasión por su oficio. Horas de preparación para conseguir
una verdadera obra de arte para la vista y para el gusto.
-Un chupito. Con poco alcohol.
-La presentación del steak tartar va acompañada de un
acertijo. ¿Serás capaz de adivinar el ingrediente secreto? Nosotros sí, y sólo
con el aroma… Podría ser uno de los mejores que he comido pero le faltaba algún
grado más de temperatura.
-Solomillo de conejo. Otra demostración de técnica este
evolucionado plato de caza. Soberbia unión con un fruto del mar y varios de la
tierra. Plato de bandera.
En este momento los valientes tendrán la oportunidad de dar
un paso adelante y culminar la fiesta con los callos y el queso. Sabe Dios que
sólo la prudencia que dan los años y las malas experiencias de pasarte cenando
hicieron que me contuviera. Paso al postres pues:
-¿Qué es? Los ingredientes de la merienda favorita de
millones de niños juntos pero no revueltos. Un pero, que no hubiera más.
Café de cafetera sobre la mesa y bomboncitos para finalizar,
sin copa esta vez por tener que conducir y con solo una copa de vino verde
portugués propuesto por la casa y que, al igual que el postre, fue una pena que
no se pudiera tomar más. Y todo, por menos de 50 euros por persona. Lugar
señalado en rojo en nuestro mapa de la Comunidad de Madrid y a vigilar en el
futuro.
20 de septiembre de 2016
streetXO, mucho más que una barra mediática...
A David Muñoz le ha colocado en lo más alto su talento. La habilidad de este cocinero madrileño para idear, poner en marcha y rentabilizar sus restaurantes está fuera de toda duda. Vivimos en una era en la que ‘sólo’ cocinar bien no es suficiente. Hay que saber venderse, sin que suene peyorativo, porque si lo que se vende es excelente ¿qué hay de malo en ello? Libres de prejuicios, por tanto, nos presentamos en la barra de StreetXo.
Ayudó que fuera finales de agosto y a última hora del servicio nocturno –raspando las 23.00- para que encontráramos sitio. El local, lleno aunque sin agobios, está ubicado en uno de los lugares más lujosos de Madrid: en la azotea de El Corte Inglés de Serrano (calle de Serrano 52). La subida, en ascensor panorámico, es espectacular.
StreetXo compartió espacio en lo alto de El Corte Inglés de Callao con uno buen puñado de restaurantes y bares, como La Máquina, Imanol o Hamburguesa Nostra. Ahora, sin embargo, a su alrededor sólo hay dos establecimientos: Salón Cascabel –el hermano pequeño de Punto MX- y Rocambolesc –heladería ideada por Jordi Roca y su mujer, Alejandra Rivas-. Casi nada.
El primer vistazo impresiona. Casi tanta gente dentro como fuera de la barra, si se permite la exageración, moviéndose muy rápido, dando voces, riéndose, enfadándose, y la música altita. Bienvenida, recordatorio al cliente para que diga qué no puede comer y, si quieres, recomendaciones. Si no lo tienes muy claro y te gusta todo, la nuestra es que les hagas caso.
Arrancamos con un saam de panceta ibérica a la brasa, acompañada con shitakes encurtidos, sala sriracha y tártara y mejillones en escabeche. Es una creación que sorprende, que al fin y al cabo es para lo que vas a StreetXo, pero en el segundo bocado la panceta me resultó algo fuerte.
Continuamos con el dumplin pekinés, relleno de oreja confitada y acompañado –y adornado- con una salsa de fresas, pepinillos y ali-oli. Simplemente excelentes.
Tanto este plato como los saam vienen con tres unidades pero te ofrecen la posibilidad de añadir alguno más. Buena jugada del restaurante dirigida, sobre todo, a parejas. ¿Quién va a preferir partir el último trozo si se puede pedir uno más? Estad atentos, por cierto, al emplatado de este y las demás recetas. Delante de ti, a velocidad vertiginosa. Te despierta los sentidos antes de abrir la boca.
Después de dos, digamos, entrantes, optamos por dos platos más contundentes. El primero fue un estofado express de vaca roja gallega –ligado con arroz sedoso, tamarindo y emulsión de mantequilla tostada- que nos dejó algo fríos. Uno de los condimentos resaltaba sobre el resto y dejaba un regusto mejorable.
Afortunadamente esa sensación desapareció con la costilla de raya. No resulta cómodo de comer para los que no se quieran manchar las manos, pues para rebañarlo hay que emplearse, pero es una receta formidable. El pescado viene cubierto con una hoja de banana y una pasta de crustáceos sobrosísima y acompañado por pan de gambas y salmorejo picante. Para chuparse los dedos.
Los cuatro platos, más una cerveza y una coca-cola, por 70,75. 35 por persona por comer en una de las barras más originales de Madrid me parece un precio adecuado. No estábamos llenos, a la cena le faltaba un postre. Criticaría que StreetXo no contentara a los golosos pero entiendo que su concepto es diferente. Además, ver Rocambolesc antes de entrar te hace estar ‘tranquilo’: el postre te lo tienes que tomar allí. Y así fue.
Optamos por compartir un helado de cholocate con topping también de chocolate que fue un riquísimo colofón a una noche con aroma a estrellas Michelín.
-STREETXO
-Gourmet experience Corte Ingles de Serrano (Madrid)
-Ticket medio: 25/30 e
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